Su imagen llevaba gran parte de la mañana rondándole la mente. Su cabello, – rojo como manzana oscurecida entre las sombras del árbol que le da vida,-   le brillaba al interponerse a la luz, los grandes ojos almendrados, brillantes e ingenuos como los de una niña, la boca grande y carnuda, perfecta y llamativa, y que era  la mejor parte de su atractivo.  El ovalo que constituía su rostro, siempre untado en maquillaje, y la piel casi perfecta de su cuello y hombros descubiertos que siempre olía a esencia de jabón  Maja.

    Sí, así era Denise. La orgullosa y caprichosa Denise Vargas.  ¿Qué haría ahora, semejante sirena furtiva, paseándose por las salas del aeropuerto de la Ciudad de México, luego de tantos años de haberse desvanecido en el aire como un fantasma?

    Antonio se puso de pie y cerró el celular que acababa de transmitirle semejante mensaje. El aviso de la llegada de aquella mujer no le traía alegría. Los recuerdos se aglomeraban en la banda transportadora, apresurados por reflejarse para él y recordarle todo, golpeándose entre ellos hasta que él los miró uno por uno y seleccionó, de entre todos, el peor de ellos para armarse de valor.

    Antonio se calzó los guantes de cuero, pues era pleno invierno y afuera la ciudad se helaba, se puso el saco y se quitó las gafas que había usado para leer el periódico matutino, como era su costumbre. Tomó las llaves de la puerta de entrada, se aseguró de cargar con la cartera y tomó el paraguas de su sitio para, finalmente, salir.

    Odiaba el calentamiento global y su estúpido efecto sobre el clima. Odiaba cargar con un paraguas en pleno diciembre a causa de la lluvia fría y pesada que caía por la ciudad aquellos días.  Odiaba tener que tomarse tantas molestias por una mujer que no veía hacia más de seis años, pero de cualquier forma, cerró la puerta de su casa, bajó las escaleras hasta la acera y abrió el paraguas negro para cubrirse del agua.

     La joven vecina de al lado se empeñaba en abrir su puerta atascada, rodeada toda ella de bolsas de compras y cajas,  con el enjuto y furibundo rostro enrojecido. Antonio se rió de ella y la saludó de pasada, recordando la última vez que por querer ser amable, ella lo había acusado de aprovechado.

Muy seguramente ahora, ella desearía que él le echara una manita, pero él se siguió de largo hasta llegar a la esquina, sin siquiera mirarla por el rabillo del ojo, o prestar atención a su voz para ver si lo llamaba.

      Una vez ahí, hizo ademán de detener un taxi que venía por la avenida, esperó a que el taxi se detuviera frente a él y a que el chofer bajara la ventanilla.

    -¿A dónde quiere ir? –gritó el hombre gordinflón desde el interior del auto.

    -Al aeropuerto –respondió Antonio y subió al taxi cerrando el paraguas.

    Casi de inmediato arrancó el taxi, y mientras las llantas del desvencijado bocho verde transcurrían la Avenida Tres, Antonio permanecía en silencio mirando la soledad de la acera, y las luces navideñas reflejándose en los mugrientos charcos.

    -Mala mañana ha escogido para salir de viaje, señor. –dijo el taxista intentando hacer platica, pero Antonio siguió mirando la calle, ignorando al hombre por otras veinte cuadras más.

   -O ¿Va a recoger a algún familiar para pasar las fiestas? –intentó de nuevo el taxista.

   -De vuelta en Boulevard Puerto Aéreo, por favor. –

   El taxista obedeció malhumorado, murmurando entre siseos, que no necesitaba que le dijeran como hacer su trabajo. Cuando por fin llegaron a la entrada del aeropuerto, el taxista y Antonio se sintieron agradecidos de haber terminado el “paseo”.

    Antonio se apresuró a bajar del auto y azotar la puerta.  Se paró justo al lado de la ventana del taxista y preguntó cuánto debía.

    -Lo que marca el taxímetro, más lo que quiera de propina. – Antonio miró el aparatillo. En la mira,  en color rojo, un $47.60 brillaba insultando la lógica de quince minutos de viaje. Sacó de la cartera un billete de cincuenta, con la cara de Morelos doblada de forma dispareja. Lo arrojó a las piernas del taxista y se giró para entrar al aeropuerto.

    Cuando las puertas automáticas se abrieron para dejarlo pasar, Antonio supo que ella había ganado de nuevo. Que ese juego de tentar y huir que mantenían entre los dos desde hacía ya doce años, era un juego que él nunca ganaba. ¿Por qué si no, él estaba ahí? ¿Qué extraña clase de estúpido masoquista era él, que siempre acudía cuando ella llamaba para decir que una nueva partida empezaba? ¿Qué tonto colocaba su pieza más valiosa al alcance del peón más absurdo en el tablero de ajedrez? ¡Un tonto que no podía ser él!

    Antonio dio media vuelta para retirarse a leer la mitad de su, todavía olvidado periódico matutino, cuando la voz del marido de Denise lo llamó desde atrás.

    -Oye, Tony, ¡llegaste! Denise estaba preocupada de no verte por aquí. –El rostro de Marcos Vargas estaba radiante y sonriente. Sus ojos, casi juntos, liberaban un fulgor que le resultaba amenazante a su antiquísimo amigo, las mejillas elásticas se coloreaban con la efusividad de las de un pequeño, y los dientes enormes y perlados aparecían en la enorme sonrisa, con apariencia de colmillos filosos.

     -No podría haber faltado. –Confesó. Se abrazaron golpeándose las espaldas, y juntos, con sentimientos diferentes, pero un mismo motivo, comenzaron a buscarla.

     Gabriela Alcalá Cuevas.