-Justamente hoy, dan ganas de no hacer nada más que mirar algo hasta el cansancio.- dijo el hombre con la mirada, pérdida en la lejanía, atravesando la ventana hasta perderse entre el gentío.

  -Si fuera tan fácil esconderse, no sé, entre las sombras, ¿qué mirarías?-El otro hombre se acomodó los anteojos y observó al otro a través de ellos, preparado para tomar notas en la tabla con hojas que recargaba sobre su rodilla. El primer sujeto pareció pensárselo un tiempo, hasta que finalmente habló.

  -No planeo decírtelo.- Se burló. – Al menos no así de fácil.-

  -Está bien, te propongo un trato; tú describes lo que ves y yo trataré de adivinarlo. Si al final no he adivinado, tienes mi permiso para abandonar la sesión.- El otro hombre asintió de inmediato, y apresurado, observó y observó, hasta encontrar lo que deseaba describir.

  Finalmente se aclaró la garganta, se giró a mirar a su interlocutor, y comenzó su pequeño trato:

  -Hay unos desesperados corriendo constantemente, adelantando su paso a los demás, como si quisieran ganar alguna competencia. Generalmente es muy molesto toparse con uno de ellos, ya que siempre te provocan la necesidad de ir más rápido.

  Están también los contrarios a éstos, a quienes podemos llamar enamorados, ya que le quitan minutos al día, e incluso horas, con tal de que el tiempo sea más largo para ellos.  

  Allá hay, también, unos cuantos impotentes, que por más cuerda que les des, jamás sirven por mucho.

  Y para rematar, y poder retirarme, puedo hablarle a usted de los engreídos, que se revisten de oro y piel y aún así, a veces, son incluso más inútiles que otros.

  El hombre esperó un momento mientras su adivinador interpretaba los datos.

  -Entonces, ¿Cuál es el veredicto?-

  -Pues… ¿acaso son hombres?

  -No, ¡son relojes!-

Gabriela Alcalá Cuevas.

Advertisement